Me gustaría haber escrito sobre el rescate de Su Majestad. En el minuto 91, todo se esfumó.El fútbol es cruel.
Normalmente yo tenía que haber escrito que de nuevo Kanouté, Su Majestad, nos libró de una buena. Porque con la que está cayendo, hay que tener dos huevos para asumir la responsabilidad y tirar ese penalty. Él no lo dudó un momento y lo tiró con su habitual sangre no fría, sino helada.
Tendría que haber recordado que el año pasado, tras la eliminación de Bilbao, cuando más falta hacía una victoria que calmara los ánimos, Kanouté, Su Majestad, nos regalaba un gol a los pocos minutos de empezar un partido contra el Almería, alejando muchos fantasmas.
Tendría que haber hablado de todo esto.
Tendría que haber escrito sobre el (para mí) esperado debut de Luis Alberto.
Pero no. En el minuto 91 algo pasó. Y no es solamente encajar un gol.
En el minuto 91 se desencadenaron no una, sino hasta siete acciones que una detrás de otra no podrían haber salido peor. Ni habiéndolo preparado nuestro peor enemigo. Creo que es imposible más fatalidad. En ese minuto maldito, no se qué tendría que haber pasado para empeorar la cosa. Para salir peor, probablemente tendría que morir alguien. Nada pudo ser más catastrófico que ese minuto 91. Veamos:
Pocos segundos antes, por increible que parezca, estaba atacando el Sevilla. La pelota la lleva mi otro niño protegido, José Carlos, que ya ha visto cuál es el hueco y con maestría va a romper la defensa con un látigo de seda. José Carlos va a dejar al delantero totalmente solo con el portero y con muchas posibilidades de cerrar el partido.
En ese momento, aparece en escena el Diablo.
Mi protegido José Carlos (me encanta este jugador y, aunque la cagara, no me voy a esconder) le pega una señora patada al mismísimo suelo, se tropieza, y le deja la pelota a un jugador del Xerez, que inicia una desesperada contra. La última oportunidad.
El balón acaba en nuestra banda derecha, cerca del corner, donde llegan más desgracias. A Stankevicius le pitan una falta que ni es falta que ni es ná.
Se saca la falta, el Sevilla consigue despejar hacia la banda y, aunque el peligro no ha pasado, se ve algo más lejano. Pero en ese saque de banda (¿lo habrá intentado veces, sin éxito, Stankevicius?), y después de algún rebote, llega el gol del Xerez.
Aunque quien mete el gol está muy cerca de la portería, allí había decenas de piernas para que el balón no llegara a la meta. Tengan por seguro que si es el Sevilla el que ataca, ese tiro no entra.
Recuerdo el chiste del pesimista que se está quejando amargamente porque ya es imposible que la cosa pueda salir peor. Y a esto que le contesta un optimista: "¿Cómo que no? ¡Anímate, que ya verás como sí! ¡Verás como puede salir peor!".
A partir de ahí se precipitan los acontecimientos y se toma la decisión que todos ustedes ya conocen.
Sobre este tema quiero decir algunas cosas, faltaría más. Ahora mismo mis pensamientos sobre esto están muy desordenados y temo no saber exponerlos con claridad. Temo olvidar algunas de las vertientes de este asunto, que tiene muchas, muchísimas. Temo también, debido a este cacao mental, hacer un artículo tan kilométrico que no haya nadie capaz de leerlo entero, y me pegue la paliza para nada.
Por esto, había pensado, quizás, no escribirlo de un tirón, sino publicarlo en varias partes, durante los próximos días.
Sin embargo, eso no será posible. Este próximo fin de semana, el blog quedará cerrado durante unos 8 ó 9 días, por razones evidentísimas. Y no es plan de saltar el Lunes 5 de Abril hablando sobre la destitución de Jiménez.
Así que me voy a animar. Aviso que ni yo mismo se muy bien como voy a escribir todo lo que me ronda por la cabeza, por lo que el escrito puede ir para largo. Les pido, de antemano, disculpas. Disculpas, al menos, a los que hayan llegado hasta aquí. Muchos otros, sin leer una sola palabra, verán que el artículo es larguito, y pasarán del tema. Puede que alguno hasta me deje un comentario mamporrero, fingiendo que se ha leído el artículo.
Lo mismo me da, allá voy.
Decía yo hace solamente unos días que lo que pasaba en el Sevilla alrededor de su entrenador era algo que no tenía marcha atrás. No me refería solo al evidente bache deportivo, sino a la crisis social que tenía a Jiménez como centro. Y no veía yo la solución. Y de entre las posibles salidas, no veía yo cual podía ser la más adecuada. Sin embargo, mostraba una fe ciega en lo que hiciera José María del Nido, dando por buena la decisión que él tomara, aunque en un principio yo no lo viera demasiado claro.
De hecho, sigo sin verlo demasiado claro. Pero José María del Nido ya ha movido ficha, ha tomado una decisión, y a mi no me queda más remedio que pensar lo mismo que pienso siempre: por algo será.
Quiera Dios, José María, que esto sea lo correcto.
Ahora los aficionados empezarán a hacer filosofías extrañas acerca de la conveniencia o no de esta decisión. Muchos empezarán a hablar de lineas de cal, basculaciones escalenas y ángulos semicirculares de los corners inferiores.
Yo, que no tengo tanta inteligencia, me tengo que conformar con quedarme con una visión más simple. Ya me han preguntado hoy varias personas que qué me parece que hayan echado al entrenador del Sevilla.
Y yo les he dicho que ya les responderé en Mayo.
El Sevilla va quinto. Si queda tercero o cuarto, hablaremos de pleno acierto. Si queda del sexto para atrás, tendremos que hablar de error monumental. Y estas valoraciones serán matizadas para bien o para mal dependiendo de lo que pase en la Final de la Copa del Rey.
Lo siento, yo no se mirar más allá de esto. Ojalá yo supiera lo mucho que saben algunos.
Lo que si tengo claro es que, sabiendo lo complicado que es, yo quiero que el Sevilla gane los 10 partidos que faltan y también la final de Copa. Si pudiera ser, todo por goleada.
¿Por qué soltar esta perogrullada?
Aquí viene otra de las vertientes de este asunto.
Me tranquiliza el hecho de saber (mejor dicho, intuir) que la presión ambiental no ha sido la desencadenante de esta decisión, sino que la clave ha estado en los resultados deportivos, ni más ni menos.
Esto me tranquiliza porque lo que no tengo muy claro es que la paz vaya a volver a la grada.
No estoy ciego y veo que el Sevilla está pasando por un momento muy inquietante. Aún así, sigo pensando que la presión de la grada es totalmente exagerada para lo que es la situación real. Y de verdad que me da mucho miedo la posibilidad de que la tendencia se invierta. Me explico.
Si nos centramos no solamente en los últimos partidos, sino en la trayectoria de los últimos años, podemos comprobar que tenemos a un Sevilla extraordinario. De hecho, con "sus matices", el panorama general, antes del CSKA (verdadero causante PRINCIPAL de la caida del técnico) era ilusionante.
Por eso no tengo más remedio que pensar que este mal rollo exacerbado tenía que ser inducido. Y si la cuestión es inducir mal rollo, no veo motivos para que los "inducidores" paren. Es muy fácil darle la vuelta a la tortilla. A poco que el nuevo entrenador (a esta hora no hay nada confirmado) pegue dos pinchazos, los susceptibles de ser protestones somos los anteriormente llamados borregos. Podríamos decir que vaya tela, que para esto no hacía falta un nuevo técnico, que esto no mejora lo que había.
No estoy diciendo ninguna tontería: Juande Ramos ya tuvo que sufrir esto. Caparrós era malo cuando estaba aquí, pero en aquellas primeras jornadas de Juande, Caparrós fue más que aclamado en aquella dolorosísima tarde del Espanyol. Los que odiaban a Caparrós apoyaron a Juande, y los que adoraban a Caparrós se tiraron al cuello del que posteriormente (¿quien lo iba a decir aquella tarde?) se convertiría en el mejor entrenador de la historia del Sevilla.
Por supuesto, al hablar de estos grupos de aficionados, estoy generalizando, y ya se que toda generalización es injusta. Que quien se ofenda me perdone, y sepa el contexto en el que hablo.
Ni que decir tiene que seremos muchos miles los que íbamos a muerte con Caparrós, a muerte con Juande, a muerte con Jiménez, y ahora iremos a muerte con... ¿Luís Aragonés?
Pero, como digo, cuando se trata de inducir mal rollo, hay que ser precavido, porque pudiera haber (como de hecho hay) algunos que caen en la trampa.
Bueno, este escrito está tomando longitud Xacobea. Ya me queda menos para terminar.
El pasado verano escribí un artículo que titulé "¿Fuimos Justos?". En él, me refería a la que es, aparte de la del CSKA, la otra gran bronca que se ha tenido que llevar Jiménez en el Sánchez Pizjuán, aquel día en que el Sevilla perdió por 2-4 contra el Real Madrid de Juande Ramos. Aquel día parecía que el Sevilla se derrumbaba y se lio la marimorena. Finalmente quedamos terceros, y por eso me hice esa pregunta:
¿Fuimos justos?
Lo que yo pretendía con aquel artículo no era, ni muchos menos, cerrar las bocas de todos los que aquel día protestaron. Para nada. Si había, como de hecho ha habido hasta el final, gente que pensaba que Manolo Jiménez era un entrenador nefasto, pues yo no tenía nada que objetar. Simplemente podía discrepar. Pero no era ahí a donde yo iba.
Yo quería decir que ahí había un Sevillista de corazón, vinculado al Club durante décadas, al que estábamos haciendo sufrir una barbaridad. Ya se ha dicho muchas veces que ser Sevillista no es sinónimo de ser buen entrenador. Eso ya lo se yo. Un Sevillista puede ser mal entrenador.
Mi postura era que si alguna vez Jiménez, tal como pasó ayer, tenía que salir, me gustaría que hubiera salido sin tanta crispación. Su vida en Sevillista no merece tanto desprecio. Manolo Jiménez no es un Camacho cualquiera, ni un Marcos Alonso de la vida.
Ayer le llegó la hora, y de momento se pone fin a decadas de entrega en cuerpo y alma al Sevilla Fútbol Club, con mayor o menor acierto.
Su salida (cantada desde el día del CSKA) se ha producido tras siete nuevos días enteritos llenos de desprecios, gritos, insultos, desconsideraciones y un largo etcétera de improperios y vejaciones.
Y ahora yo me paro a mirar la trayectoria de Manolo Jiménez como entrenador del Sevilla. Dos años y medio con sus cosas buenas y también, parece ser, con sus cosas malas.
Y no tengo más remedio que mirarme a mí mismo, como miembro de la afición Sevillista, y volverme a preguntar:
¿Hemos sido justos?
Si finalmente, y ojalá sea así, la calma vuelve al Sánchez Pizjuán, y con un nuevo entrenador todos nos cogemos de la mano y nos damos muchos besitos... ¿qué pensará un Sevillista de corazón como Manolo Jiménez?
Seguramente pensará algo parecido a "¿Que he hecho yo para merecer esto?". Sinceramente, lo imagino ahora a oscuras, encerrado en su casa, y me da verdadera pena.
Ya termino. Pero quiero terminar, aunque esto solo me valga a mí mismo, haciendo justicia.
Voy a soltar una frase lapidaria que podría ser un buen titular si Gol Sur, Tribuna Alta fuera, en vez de un blog, un periódico.
MANOLO JIMÉNEZ HA VENCIDO.
Y ya puede entrar aquí quien quiera a meterse conmigo y con mi madre.
MANOLO JIMÉNEZ, repito, HA VENCIDO.
Solo habían pasado unos días desde su llegada al banquillo cuando ya la cosa, respecto a Jiménez, estaba en el mismo punto en que estaba ayer. Y ya desde entonces todos olíamos que el final de Jiménez como entrenador del Sevilla podría ser como el que ha sido.
Y ya desde entonces, y han pasado dos años y medio, sabía que algún día llegaría la frase final:
"¿Lo ves? Yo tenía razón".
Pues no, queridos míos. No habeis tenido razón. Ninguna razón.
Si Jiménez hubiera estado quince años en el Sevilla, ganando quince Ligas, quince Copas, quince Supercopas de España, quince Champions, quince Supercopas de Europa y quince Mundialitos, pero al decimosexto año la cosa hubiera estado peor y hubiera sido destituido, que nadie dude que también habría llegado esa frase:
"Sabía que no valía".
Pues bien, yo, aunque fuera solo yo, voy a recordar que Manolo Jiménez lleva "solamente" DIEZ años entrenando en esta Santa Casa.
En el primero de ellos, se le encomendó que subiera al Sevilla Atlético de Tercera División a Segunda "B". Lo consiguió.
Los dos años siguientes tenía como misión la permanencia. Lo consiguió ambos años, con cierta comodidad.
Tras esto, se le pidió algo más. Y Manolo Jiménez metió al filial en la liguilla de ascenso a la Segunda División.
Cuando un filial, con gente tan joven, despunta, es ley de vida que los buitres lo desmantelen. Pues aún con desmantelamiento, la liguilla se repitió nada más y nada menos que CUATRO VECES CONSECUTIVAS.
A la cuarta, llegó el ascenso. Y una vez en Segunda División, a Manolo Jiménez le llegó la oportunidad del Primer Equipo cuando tenía al filial colocado en ¡¡¡puesto de ascenso a Primera!!! si bien este ascenso no es, como todo el mundo sabe, legalmente posible.
Con un equipo rozando el descenso y en un estado psicológico lamentable, a Manolo Jiménez se le encomendó la clasificación para la Liga de Campeones como una posibilidad, pero no como una exigencia ineludible. Como prueba, se le hizo un contrato depositando en él la confianza para el año siguiente. Aún así, rozó la Champions.
La temporada pasada si que se le exigió, sin excusas, quedar entre los tres o cuatro primeros. También lo consiguió.
Este año, TRAS DIEZ AÑOS ENTRENANDO EN EL CLUB, el Consejo de Administración ha decidido que su etapa debe acabar.
Yo, sinceramente, veo indigno decir aquello de "¿Lo ves ¡Lo sabía!".
10 años, cumpliendo objetivos en nueve de ellos, me vale.
Me vale para decir, aunque esto solo me sirva a mí y a la tranquilidad de mi conciencia, que Manolo Jiménez, en lo que a mí respecta, HA VENCIDO.
Si finalmente conseguimos quedar entre los cuatro primeros, no se me olvidará que 45 de esos puntos son de Manolo Jiménez.
Y si el Sevilla gana la Copa, no se me olvidará (ya verán ustedes como no se me olvidará) que Manolo Jiménez fue quien se tragó las eliminatorias del Atlético Ciudad y de tres equipos más que, dicho sea de paso, están en la tabla por delante de nuestro rival en la Final: el Getafe, el Deportivo, y sobre todo el Barcelona, este Barcelona, el mejor equipo de todos los tiempos. El Sevilla de Jiménez, el primero en tumbarlo.
Ahora solo me quedan dos cosas.
La primera es darle las gracias a Manolo Jiménez y desear que, a partir de ahora todo le vaya bien, menos cuando se enfrente a nosotros.
Y la segunda es que, tras este discurso, me apetece terminar igual que lo haría un pregonero.
¡He dicho!